El gobierno británico encomendó a Sir Nicholas Stern, quien fuera Economista en Jefe del Banco Mundial, la redacción de un informe sobre las consecuencias económicas del cambio climático y de las medidas para su mitigación. El mismo fue difundido poco antes de la 12º Conferencia de las Partes (COP12), miembros de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, realizada en Nairobi a fines de 2006.
La agenda central en discusión, tanto en esta ronda como en las negociaciones venideras en los
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| La concentración de emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera podría causar para el año 2035 un aumento medio de temperatura de más de 2ºC |
próximos años, es la continuidad del esquema establecido por el Protocolo de Kyoto después de la finalización de su vigencia en el año 2012. Los resultados obtenidos hasta entonces están determinados por las obligaciones asumidas de manera vinculante por los países industrializados, con la excepción de Australia y Estados Unidos de América, quienes se negaron a firmar el Protocolo. “La evidencia científica en estos momentos es abrumadora: el cambio climático constituye una grave amenaza global y exige una respuesta global urgente”, establece el trabajo de Stern en total acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por su siglas en ingles), el cuerpo de científicos y técnicos que informa a la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas.
Este Informe ha evaluado una extensa serie de pruebas de los impactos del cambio climático y de los costes económicos: “La evidencia recopilada llega a una sencilla conclusión: los beneficios de acciones enérgicas y tempranas superan con creces los costes económicos de la inacción”. Esta es la tesis principal que se fundamenta y cuantifica a lo largo del estudio.
“Utilizando los resultados de modelos económicos anteriores, el Informe estima que si no actuamos, los costes globales y los riesgos del cambio climático equivaldrán a la pérdida de al menos un 5% del PBI global anual, ahora y siempre. Teniendo en cuenta una mayor diversidad de riesgos e impactos, las estimaciones de los daños podrían alcanzar un 20% o más del PBI. Por el contrario, los costes de acciones pertinentes -reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero para evitar los peores impactos del cambio climático- pueden limitarse a alrededor de un 1% del PBI global anual”. Para estos cálculos, Stern utilizó tasas de interés relativamente bajas que dan cuenta de la apreciación social del tiempo que media entre las inversiones y sus efectos en el futuro. Este parámetro y la aversión al riesgo adoptada son los factores que determinaron en mayor medida los resultados estimados cuantitativamente. De este modo, la acción temprana de mitigacion se justifica ya que “las inversiones que se hagan en los próximos 10 a 20 años tendrán profundos efectos en el clima durante la segunda mitad de este siglo y en el siguiente”, impactos que serían de “un nivel similar a los riesgos asociados con las grandes guerras y la depresión económica de la primera mitad del siglo XX”.
Las intervenciones a nivel nacional, regional e internacional debieran “basarse en una visión compartida de los objetivos y en acuerdos sobre marcos que aceleren las acciones a lo largo de la próxima década”. Para escándalo de muchos economistas, subyace en la visión que se propone compartir el hecho de que “el cambio climático constituye el mayor fracaso del mercado jamás visto en el mundo”. Consecuentemente se recomienda aplicar políticas públicas activas de manera coordinada en una medida sin precedentes en la historia económica de Occidente como un todo.
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Los límites del costo-beneficio
La Convención de Cambio Climático establece que su propósito principal es evitar el cambio peligroso. Definir cuán peligroso es responsabilidad última de los gobiernos, los cuales cuentan con el PICC para su asesoramiento en la materia. El informe Stern elige del vastísimo material producido algunos escenarios y criterios que en definitiva conllevan la definición de una línea de corte. Esto es cuánto riesgo y qué incertidumbres, sobre cuáles impactos económicos del Cambio Climático estamos dispuestos a aceptar y hasta dónde estamos dispuestos a pagar para evitarlos. Dicho de otro modo, hallar un determinado esfuerzo económico en la mitigacion del cambio que dará por resultado evitar ciertos impactos cuantificables según una distribución de probabilidades cuyo cálculo está afectado por diversas incertidumbres.
¿Cuál es el escenario de impactos que evalúa el Informe? Es el de la continuidad de las tendencias actuales, según el cual: “La concentración de emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera podría alcanzar el doble de su nivel preindustrial tan pronto como el año 2035, comprometiéndonos prácticamente con un aumento medio global de temperatura de más de 2º C. A más largo plazo, habría más de un 50% de probabilidades de que el aumento de temperatura superara los 5º C. Un aumento de esta índole sería extremadamente peligroso; equivale al cambio producido en las temperaturas medias desde la última edad del hielo hasta hoy. Un cambio tan radical en la geografía física del mundo tiene que dar lugar a importantes cambios en la geografía humana, donde viven las personas y cómo viven su vida”.
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Emisiones de gases invernadero, año 2000 |
El informe concluye sobre los costes de mitigar para evitar este escenario: “Los riesgos de los peores impactos del Cambio Climático pueden reducirse sustancialmente si se consigue estabilizar los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera en el equivalente de dióxido de carbono (CO2E) de entre 450 y 550ppm CO2. Las estimaciones centrales de los costes anuales de lograr una estabilización de entre 500 y 550ppm CO2E se sitúan en un 1% del PBI global, en el supuesto de comenzar a tomar medidas enérgicas ahora”.
Este último escenario de estabilización al que aspira Stern implica una probabilidad significativa de un aumento de 3º C. A su vez, esto conlleva la probabilidad significativa de la puesta en marcha irreversible del derretimiento de hielos en Groenlandia, que a muy largo plazo haría subir el nivel del mar hasta 7 metros sobre el nivel actual, entre otras cosas. No obstante, el informe no procura protegernos de todos los impactos catastróficos de este tipo. En otras palabras, cuantifica algunos impactos que considera más probable que ocurran en este siglo. Por otra parte, excluye escenarios de estabilización más ambiciosos (en términos de reducciones y por ende de impactos ahorrados) por considerarlos excesivamente caros en el tiempo disponible: “Ya sería muy difícil y costoso intentar alcanzar una estabilización a 450ppm CO2E. Si nos demoramos, puede que se pierda la oportunidad de lograr una estabilización a 500-550ppm CO2E”.
Existen juicios de valor acerca de lo que es aceptable, tanto en probabilidades e incertidumbres de que acontezcan impactos (catastróficos o no), cuanto en lo que se puede hacer en términos de esfuerzos económicos. El análisis costo-beneficio deja tanto afuera que el informe bien podría concluir que preservar la Tierra, tal como la conocemos hoy, resulta demasiado caro.
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¿Equidad en el esfuerzo?
Otra cuestión de fondo en las negociaciones es quién debe pagar la cuenta climática. No sólo por aquello que aún es posible evitar, sino por lo que ya resulta inevitable: “Ya no es posible impedir el cambio climático que tendrá lugar a lo largo de las próximas dos o tres décadas, pero aún es posible proteger en cierta medida nuestras sociedades y economías contra sus impactos. (…) La adaptación costará decenas de billones de dólares al año tan sólo en los países en desarrollo, y ejercerá más presiones sobre recursos ya de por sí escasos”.
La propuesta del informe reconoce en parte la injusticia de la situación: “Los países más pobres son los más vulnerables al cambio climático. Es esencial que los países ricos honren sus promesas de aumento de apoyo a través de la ayuda al desarrollo internacional”. El problema que surge aquí es que “ayudar” no es lo mismo que reconocer la deuda climática de los emisores para con los afectados. Además de ser un planteo que invierte los términos desde el punto de vista ético, sería insignificante en lo cuantitativo, como ya se ha visto en más de 50 años de ayuda al desarrollo.
Algo similar ocurre con la mitigacion: “Aún si los países ricos asumen la responsabilidad de reducciones absolutas en emisiones de un 60% a un 80% en 2050, los países en desarrollo deben tomar medidas importantes también. Pero no se debería pedir a los países en desarrollo que asuman la totalidad de los costes de estas medidas por sí mismos, y no tendrán que hacerlo. Los mercados de carbono de países ricos ya están empezando a proporcionar flujos financieros para apoyar el desarrollo de tecnologías bajas en carbono, a través del Mecanismo de Desarrollo Limpio, entre otros”. También aquí los menos culpables y menos dotados económicamente deberán hacerse cargo de aquello que no calce con las conveniencias de los países ricos. En efecto, los flujos del Mecanismo de Desarrollo Limpio tienen por objetivo principal bajar los costos globales de la mitigacion. Es uno de los instrumentos económicos que permite a los grandes emisores “una reducción de emisiones, en el momento, lugar, y modo en que resulta más barato hacerlo”. Por otro lado, en el informe no se analiza un reparto más equitativo, como sería asignar cuotas a los países según sus emisiones per capita y según las acumularon históricamente, lo cual habría significado obligaciones muy superiores para los países industrializados. Tampoco existen análisis sobre la inequidad climática en el interior de las sociedades, esto es por ejemplo entre víctimas y beneficiarios de la matriz energética basada en combustibles fósiles.
Precisamente una concesión adicional del informe al statu quo consiste en abogar por la extensión de vida del peor combustible de esta matriz. “El carbón seguirá desempeñando un papel importante en la mezcla energética de todo el mundo, incluyendo las economías de rápido crecimiento. La captura y almacenamiento de carbono a gran escala serán necesarios para permitir el uso continuado de combustibles fósiles sin dañar la atmósfera”. La tecnología disponible para este propósito está todavía en el laboratorio y tampoco permitiría las reducciones necesarias en el tiempo disponible. Sin embargo, ya surtirían efecto como droga de sedación ante la presión social por cambios profundos y urgentes en favor de las energías renovables y la eficiencia energética.
Es menester reconocer que Stern sostiene que “debería incrementarse entre 2 y 5 veces los incentivos al despliegue” de nuevas tecnologías, aún cuando evite entrar en detalle sobre quién debe pagar o cómo se debe elegir el menú. Esta tarea recae por ahora en nosotros, como técnicos y ciudadanos, ya que el cielo tal vez pueda esperar pero la atmósfera no.
Fuente: INTI revista Saber Como [3]
Link : http://www.inti.gov.ar/sabercomo/sc48/inti5.php [4]